Septiembre 13, 2004

La sorpresa

- “Dime por favor ¿Qué es?” – te supliqué – “Sabes que odio estar en ascuas
- “No ¿Cómo crees? No quiero echarlo todo a perder. Sé que podrás resistir hasta el miércoles”.
- “¿No nos podremos ver antes? Por favor, por favor ¿si?”
- “¡No!” – me interrumpiste con firmeza – “¿Y… vendrás acompañada?”
- “¡Claro que no! Ya sabes que soy una quedada. ¿Y tu?”
- “Jajaja” – reíste con gusto, con ganas – “Te pasas! Pues a mí no me queda de otra… Oye, tengo que colgar. Entonces quedamos el miércoles, a las 8 donde siempre”
- “Ajá… Iré ordenando, no tardes, eh?”
- “Ok… cuídate”
- “Igual! Bye”

Clic.
Me quedo unos segundos más escuchando el timbre lejano del móvil, siento ganas de mandarte un beso ligero pero me contengo… hasta el miércoles.
¿Qué te traerás entre manos esta vez? Siempre me sorprendes. Sólo una vez lo intenté yo y tuve que retractarme…

Mientras me acomodo distraídamente el arete que me he quitado para hablar, me sumerjo en mis pensamientos… ¿Cuándo se me acabará este amor?
Nuestra amistad viene desde la secundaria. A pesar de tomar clases en salones distintos, de seguir caminos distintos, algo (el destino quizá?) nos ha mantenido en contacto a pesar de los años. Si bien lo hemos compartido casi todo (nuestras madres eran las mejores amigas), hay algo que para desgracia mía, nunca, nunca será. Tú no me amas. Y trato de recordar aquellos años en que yo tampoco te amaba, o aún no descubría que te amaba, aunque ahora me parezca incontenible esta pasión que se desborda desde entonces, desde siempre…
Recuerdo los años difíciles después de Alfonso. Mi tormentoso noviazgo junto a él, y de la poca simpatía que te causaba. No es que te cayera mal (lo recalcaste tantas veces, que casi te creí), pero dijiste que no hacíamos química, que no era mi tipo, que no funcionaría. Aquello me enfureció… ¡Oh Dios! Te grité como nunca: que quién eras para decidir sobre mi vida, que apenas lo conocías, que era yo lo bastante grandecita para tomar mis propias decisiones, que era ridículo que tuvieras celos. Celos.
Los celos no existían en nuestra vida. A pesar de las burlas (unas inocentes, otras maliciosas) sobre nuestra relación, siempre supimos hacer caso omiso de las habladurías. Éramos la pareja perfecta de cómplices. Te enamoraste de alguien más. Te escuché hablar con emoción de esa relación y yo también me emocioné, te quería mucho, quería lo mejor para ti. Pasaron los años y un día conocí a Alfonso. Vino la pelea y el enfriamiento de la amistad. Una noche de copas, Poncho me llevó a su casa… Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar ahí. A pesar de estar un poco ebria lo intuí todo, lo recuerdo todo. Me despojó sin gloria de la virginidad, sin dolor y prácticamente sin placer. ¿Eso era hacer el amor?
El conflicto de llevar la relación al plano sexual me trajo problemas con Poncho. Él no me amaba, yo no lo amé como creí. Se fue alejando poco a poco, dejé que se alejara. Pero supiste ser lo suficientemente amable como para buscarme otra vez. También habías terminado tu relación de muchos años. Volvimos a ser cómplices de borracheras y de confesiones. Yo seguía muy deprimida. Sugeriste realizar un viaje a la playa. Iría todo el grupo de amigos y amigas, así no habría tiempo de pensar en los problemas que nos agobiaban.
Una noche, la última, salimos sólo tu y yo a bailar. En el bar había mucho ambiente pero yo no tenía ganas de bailar, así que alegremente te fuiste a la pista en cuanto surgió la oportunidad. Yo bebía un tequila más y te veía a lo lejos: te veías increíble, bailabas tan bien, tus ojos brillaban y tu sonrisa me envolvía toda. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba enamorándome de ti. Sí, me llegó de golpe el amor. Como en esas películas, sabes? Donde vez en flashback tu vida, en la que siempre habías estado presente. Me dieron ganas de llorar. Y lloré, lloré en esa fría barra de bar, lloré por mí, por lo que sentía, por Poncho, por tu ex, por todo lo que podría haber sido pero no sería. El barman creyó que estaba borracha. Tu también, pues rápidamente viniste hacia mí y me preguntaste que pasaba. Sólo alcancé a articular “Vámonos al hotel”. No hablamos gran cosa en el camino. Yo miraba hacia fuera del taxi, tu no me quitabas una mirada de extrañeza de encima.
Todavía cuando nos bajamos del taxi yo rehuía tu mirada inquisitva.
- “Ya dime… ¿qué pasa?”
Me decidí… Iba a hacerlo, era mi oportunidad: te iba a decir lo que sentía por ti, no me importaba nada más, si no lo hacía ahí, en ese momento, nunca más tendría el valor que había adquirido esa noche.
- “Creo que ahora comprendo que Alfonso no era para mí. No lo amo, no lo amé. Creo que amo a alguien más, pero… creo que no soy correspondida. Te va sorprender lo que te voy a decir, pero… yo te quiero mucho sabes?” Mis palabras se arrastran sin poderlas contener.
- “Sshh.. Estás borracha, no sabes lo que dices.” Caminábamos por el lobby del hotel, a esas horas desierto.
Cuando por fin entramos en el elevador, no pude más y me arrojé a tus brazos, llorando. “Neta. Te quiero un chingo”. Pero al separarnos, y mientras me acercabas un kleenex, me miré en tus ojos. Me ví reflejada en ellos, los vi inundados de ternura, de sincera preocupación, de afecto sin límites, pero no de amor. No de amor.

Me sentí infinitamente tonta, fea, ridícula… indigna de ti. Mientras avanzábamos a paso irregular por el pasillo, llegué a otra conclusión: no me amarías nunca.
Entramos al cuarto y me acomodaste en la cama. Yo ya no lloraba. Sólo te veía con mis ojos vacíos, con esa mirada siempre me reprochaste (tu voz llegaba de tan lejos, recordando… “Yaaa! Deja de mirarme así!”). Me das un beso de buenas noches y te vas. Yo tardo mucho en dormir. El contorno de tus labios me quema la mejilla.

Al día siguiente, no mencionas el asunto. Los demás me hacen burla, te cuestionan y tu me lanzas desde el otro lado de la mesa esa mirada de complicidad por la que me haces caer rendida (ahora sí sobria) a tus pies. “Nada. No pasó nada. Sólo bebió un poco de más. Déjenla en paz, eh?”. Hicimos las maletas y regresamos a la cuidad, a la rutina.

La siguiente vez que nos vimos, te solté un discurso acerca del amor, de su importancia en la vida de las personas, de cómo yo lo había buscado toda la vida y de cómo, por esta búsqueda, había cometido muchos errores y desperdiciado oportunidades que jamás recuperaría (no hablé de las oportunidades que jamás iba a tener). Y sin embargo, a pesar de todo, yo buscaba en tu mirada algún signo, una pista, para detener mi verborrea, para tomar tu mano y apretarla intensamente. Sólo sonreías beatíficamente.
- “Te quiero mucho”. Dejé caer de pronto, y me respondiste “Yo también. Y sabes… tengo que decirte algo que te hará muy feliz, a propósito de las conclusiones a las que llegaste… Conocí a alguien”. Veo iluminarse tus ojos. “A alguien especial”.

Lo demás es historia.
Te casaste poco después. Seguí siendo tu amiga, pero comprendí perfectamente debía alejarme para que fueras plenamente feliz. Tu matrimonio y el nacimiento de tu bebé (una preciosa bebita que podría haber sido mía también si la vida no hubiera jugado chapuceramente con nuestros destinos) no hicieron mas que confirmar mis sospechas de que los años siguientes iba yo a sufrir mucho por causa tuya. Y tratando de ahuyentar el sufrimiento, he buscado en otras personas la dulzura de tu mirada, pero es única… La misma que me interroga sobre mis posteriores relaciones: sí, he salido varias veces con diferenes personas, sí, he entablado con ellas fuertes lazos difíciles de romper, no, no te presentaré a nadie hasta que sea algo definitivo. No, no quiero ser una quedada. Tu lo tomas a broma (dices que soy muy bonita para eso), yo lo tomo como sentencia.

Vuelvo de mi mundo y veo que han pasado diecisiete minutos desde que me puse a pensar en ti. Y pienso en ese café donde me dijiste que te estabas enamorando. El mismo donde nos reuniremos el miércoles, donde me darás una sorpresa.
Trato de imaginar que se sentirá verte y no estar enamorada de ti. Verte llegar del brazo de tu esposo, con nuevas fotos de mi ahijadita. Ver tu sonrisa plena y tus ojos traviesos.
A pesar de todo y de todos, sigues siendo mi mejor amiga. La mujer de mi vida.
Me pregunto ¿Cuál sorpresa será esta vez?

FIN.

Escrito por MarthaX en: Septiembre 13, 2004 12:01 AM | TrackBack
Comentarios

Por si quedaba alguna duda, sí… la protagonista del cuento está enamorada de su mejor amiga. :)

Posted by: MarthaX en: Septiembre 18, 2004 02:09 PM

Quiero pensar que Lety es tu mejor amiga…no te creas..

Posted by: Lucy en: Septiembre 19, 2004 02:18 AM

Lucy, tu eres mi otra mejor amiga, pero a estas alturas del partido no te hagas ilusiones: deberías tener bien claro que YO NO BATEO PA‘LAS GRADAS. Thanks. :)

Posted by: MarthaX en: Septiembre 20, 2004 12:17 PM

guuaaaaaauuu… eyy chido eso que escribiste ehh..
no me esperaba el final jijiji.. chido. saludoss.:D

Posted by: Christy... en: Septiembre 23, 2004 12:52 AM

Está muy padre la nueva versión, muy intima, natural (Sin cursilería barata)y estupendo manejo en las narración de pensamientos

Posted by: Oswaldo en: Octubre 7, 2004 09:22 AM

O sea que la otra sí tenía cursilería barata? Jajaja, no importa, lo tomaré como un cumplido. Gracias, amiguito, aprecio especialmente tus opiniones porque sé que eres objetivo.
Ya dije gracias? :)

Posted by: MarthaX en: Octubre 7, 2004 06:45 PM

hola q tal

Posted by: lenon en: Mayo 22, 2006 08:32 PM
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