Marzo 08, 2005

Hoy tuve un ataque de soledad.

Lo supe cuando una sensación helada me bajo por el cuello, se dividió en los homoplatos y me recorrió los brazos hasta la punta de los dedos que se me cresparon solitos, como si hubieran adquirido una artrítica voluntad propia. Sentí en mi garganta seca el raspor de un sollozo muerto de asfixia mientras entrecerraba los ojos para enfocar las imagenes borrosas de una multitud muda y sin rostro que me rodeaba.

Había pasado toda la mañana adormilado tirando la hueva en la oficina. Lo malo de depender de un maldito aparato para trabajar es que el maldito aparato depende de la electricidad para funcionar y ésta llega en un flujo contínuo hasta mi computadora siempre y cuando los méndigos transformadores se queden en su lugar allá afuera. Pero cuando un trailer viene y se embarra contra un poste de la luz y tira un transformador, entonces todo se va a la mierda.

En fin. Como te decía, hoy estuvimos cinco horas sin luz. Cinco horas sin poder trabajar. Cinco horas de ocio total.

La mayor parte de la gente que conozco daría un litro de sangre a cambio de la oportunidad de huevonear un lunes por la mañana, pero para mí el ocio no es una bendición. No, al contrario, le rehuyo cuanto puedo y me le escondo bajo montañas de ocupaciones y compromisos que son muchas veces fingidos. Cuando voy al baño cargo con peródicos y revistas para mantener mi mente ocupada y antes de dormìr me recito a mi mismo las cosas pendientes por hacer el dìa siguiente.

Algunas personas me dicen que este comportamiento va a terminar provocandome un infarto. Pero a mi ese tipo de ataques no me dan miedo, ¿será tal vez porque aún no se como se sienten ni qué tanto duelen? ¿sera eso?. Quién sabe, pero hasta ahora nada me da más miedo que los ataques de soledad. Al principio los confundía con nostalgia o con arrebatos de tristeza pero estos ataques son mucho peores, casi fulminantes. Se podría decir que he tenido suerte pues he sobrevivído a muchos pero estoy seguro que en cada recaída una parte de mi se ha quedado muerta o cuando menos, atrofiada.

La culpable de todo, como siempre amiga, has sido tú. Espera, no te sobresaltes y dejame explicarte. ¿Recuerdas la canción que te escribí? ¿y aquel retrato donde te pinté con alas? Ambos los traje desde el ocio para regalartelos. Lo que pasa es que cuando bajo la guardia y me interno en el sopor provocado por darle un descanso a mi mente ésta corre y vuela buscandote hasta los más oscuros rincones de mi memoria y los áridos paisajes de mi imaginación. No la culpo pues es la fuerza de la costumbre, después de todo hubo un tiempo en que no pensaba en nada que no fueras tú.

Una vez que empiezo puedo perderme durante horas y horas en el sueño de tí. Memoria e imaginación me juegan bromas macabras insertando en los recuerdos fragmentos de dicha inexistentes y posibilidades imposibles de juntar tus labios con los míos. Las imagenes son tan nítidas que hasta parecen tangíbles. Puedo olerte. Puedo sentírte. Puedo amarte.

Así sucedió esta mañana. A la una treinta la perra luz llegó, pero ya era demasiado tarde y yo no me podìa concentrar en nada.

A las dos de la tarde salimos para la escuela, íbamos apresurados porque se nos haìa hecho un poco tarde retrasando un dìa más los asuntos urgentes que era para ayer. Corrímos para alcanzar el minibús. Yo pagué.

Cuando nos sentamos tu te reías de mis ocurrencias y yo estaba tan felíz que ignoré al tipo baboso del espejo que no dejaba de mirarme con su sonrisa de retrasado mental. El viaje normalmente es largo y cansado pero hoy se nos hizo demasiado corto. Te animé a que vinieras conmigo al salón de clases, sé que Graciela no es santo de tu devoción pero ¡qué diablos! venías conmigo.

Entramos de la mano y envidiosos, todos voltearon a vernos. Sus caras parecían levemente familiares pero ese gesto borroso era perturbadoramente nuevo. Nos estaban mirando amiga, con esa mirada con la que un niño mira a un insecto antes de aplastarlo con la mano. Quise saludarlos, tambien son mis amigos — amiga— pero lo único que fuí capaz de hacer fué una sonrisa hipócrita qué fué respondida con un gesto de desaprobación.

“¿Sabes? ayer dímos una fiesta pero no te invitamos” dijo uno de ellos. “Disculpa que no te hayamos tomado en cuenta, pero es que olvidamos tu nombre” dijo otra “Pero realmente no importa, porque tu no existes” dijo el tercero.

En situaciones normales soy más de los que parten madres que de los que huyen como mariquitas, pero esta no era una situación normal y sus rasgos que se desfiguraban gradualmente estaban provocando un miedo irracional en mi. Quise tomarte de la mano y correr pero cuando miré tu ya no estabas ahí.

Las rodillas me temblaron como maracas, se me pegó la lengua al paladar y se me erizaron los pelos de la nuca. Mis manos se quebraban de heladas pero el piso me quemaba las plantas de mis pies inmóbiles. Sentí el vertigo de estar cayendo interminablemente en una habitación enorme y vacía pero el terror de estar dentro de una cajita sin aire enterrada varios metros bajo concreto sólido. Quise llorar pero tenía los larimales obstruídos por partículas de vergüenza lípida. Antes de irme por completo una voragine de caras irreconocibles giraba alrededor de mí. Te busqué entre todas ellas pero no logré encontrarte. Fué entonces cuando recordé que tu estabas del otro lado de la galaxia con ése al que amas y perdí el conocimiento.

Hoy amiga, tuve un ataque de soledad y una parte de mi se murió.

Escrito por sosa en: Marzo 8, 2005 12:30 AM | TrackBack
Comentarios

Felicidades Sosa…. esta precioso….

Posted by: no importa en: Mayo 5, 2005 01:25 PM

la verdad que este texto me hace reflexionar mucho la verdad me siento solo y me gustaria seme enviase estas experiencias a mi casilla de email para saber realmente si sufro de soledad gracias desde ya mi correo es patrirey03@hotmail.com

Posted by: leonardo en: Septiembre 3, 2006 06:23 PM
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