N de Nerdetta
Septiembre 22, 2005 | Mi Sanfe querido
La ida a Guadalajara es noticia vieja por acá. Luego del interrogatorio obligatorio por parte de todos los interesados, de ser la aventurera que se va a una ciudad desconocida a conocer a unos tipos de quien se cree íntima por unos cuantos bytes, me reconvierto en la mujer que camina presurosa por las mañanas, musitando entre dientes y volteando continuamente a los lados en búsqueda de un taxi.
Mi barrio se ha trastornado otra vez por la inminente llegada de la feria del pueblo. Cientos de individuos pululan de repente e inundan de extrañeza mi paisaje conocido. Quiero evitarlos a toda costa, pero estoy en el epicentro, es misión imposible. Me repito Soy invisible. Soy X y los hago transparentes mientras avanzo con paso veloz entre un mar de cuerpos sudorosos y atentos, cabellos tiesos, playeras cortas y música estruendosa.
Llego a la oficina justo para descubrir que aún no preguntan por mí. Fiuf! Un consuelo. Comienzo a checar los pendientes… La dueña de un monitor LCD viene a recogerlo y me vienen a la cabeza ese par de mensajes que envié desde GDL, para que lo checaran. Me asomo al taller y el monitor sigue en el mismo lugar. Me disculpo y prometo presionar para que lo revisen. Rayos, ya son las 11. Un par de charlas en MSN me hacen olvidar el hambre y que todo parece resentir mis tres días libres. Entregar una animación, checar la cobranza, los cacahuates me hacen ojitos. Ya son las 2.
Salgo con un sentimiento de asfixia que hacía mucho tiempo no tenía. Voy jugando con mi camarita, vieja vieja pero me sigue pareciendo milagrosa y el mejor regalo que me pude haber hecho.

El calor me pesa, las fotos no salen tan bien. Llego salivando a casa. La comida no es todo lo sabrosa que esperaba, pero sé que estoy un tanto triste y por eso no le he visto el fulgor a este día.
Como sin ganas, yendo a mi cuarto por los lentes: ahora los necesito para leer las letras pequeñas del noticiario. Estoy degenerándome.
Empiezo a recoger mi cuarto, terminando de acomodar los cuatro suéteres que no usé el fin. Más tarde, vendrá mi cuñada: quiere que le ayude a instalar su multifuncional. Vamos pues, a su casa. Mi sobrinita quiere jugar conmigo y no hace caso de su tarea. Juega con tierra y sus rodillas son un monumento a la infancia que creo perdí. Regreso arrastrando los pies a la oficina. Un amigo me pide una sincera opinión sobre su actitud sarcástica y hostil frente a otros. A una de las PC no le funciona el floppy y alguien con mucha prisa trae un documento imposible de imprimir. Ya son las 9, gracias a Dios…
Mi patrona no puede dejarme como siempre frente a mi casa. Tengo que caminar algunas cuadras. Subo a la plaza intensamente iluminada por los juegos mecánicos instalados al vapor. La gente comienza a venir a estos rumbos. No se suben a los juegos, pero los ojos de sus niños se animan con la novedad. Las muchachitas, floreciendo, envían sonrisas coquetas a los grupos de adolescentes rebosantes de hormonas. Estos dejan de mascar su chicle por un momento. Están aprendiendo el lenguaje de sus cuerpos. Se escurren unas entre otros y sólo vendedores tempraneros, con sus carretillas de nueces interrumpen el ritual. Trato de esquivarlos a todos y camino a media sonrisa, observando. Mis cabellos son demasiado cortos para permanecer amarrados por la liga y se han salido. Mis lentes tienen huellas y al pasar mi lengua sobre mis labios, descubro que no llevo ni siquiera gloss. El invierno se acerca, no debo ser tan descuidada.
Un chico en bicicleta me ha rebasado, lleva una playera azul y roja. Su nuca es tan parecida la del chicogalleta. Acordarme súbitamente de él, me arranca una sonrisa involuntaria. Hace unas semanas llamó al trabajo, buscándome. Pero se equivocó de extensión y habló con alguien más (creyendo que era yo). De la vergüenza no ha vuelto a llamar. Suspiro hondo.
El muchacho pedaleó demasiado rápido y me he vuelto a quedar sola en esta calle semioscura. Los tenis viejos que cuelgan del alambrado, se balancean sin prisa. Mis tacones rechinan. Los mandé arreglar y ahora hacen un ruidito extraño cuando doy una zancada amplia.
No es necesario, unos cuantos metros me separan de mi casita de cacahuate. Antes de eso, emito un Buenas noches casi mecanizado a esos vecinos que acostumbran sentarse, con estos aires, afuera de su casa. Aprieto mi bolsa contra mi costado y me estremezco.
La chamarrita azul y mis lindos zapatos, son cosa del pasado. Han sido substituidos por una sudadera que alguna vez fue blanca y unos zapatos negros que tuvieron sus años mozos. Un vaso de leche fría es mi única motivación ahora. Está retirado del teclado (por aquello de mis movimientos torpes) y la consumo en pequeños sorbos.
Lo que daría por comerme unos tacos de huevo frito… Ash, apártate de mí, Satanás…
Por eso he hecho caso omiso a la liberación de Romano, de la muerte de Martín Huerta, de Rita ya de categoría 5.
He venido para acá a escribir. A leerme. A imaginar que me lees y que comparas mi día con tu día. Un día normal para mí… ¿Y para ti?
- ya hay trece comentarios
- Deja el tuyo




… el trabajo trabajo es, no es parecido mi dia, pero si hablas de cansancio mental, fisico, hambre, sudor, gritos, pruebas, juntas, cafe y cigarro, un refresco frio, necesito azucar ya; etc.
Es muy parecido, ver usualmente a que hrs ando por aqui.
Saludos
El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra